Egipto fue la provincia considerada como el granero de Roma. Era rica en multitud de productos que eran importados desde el puerto de El Cairo hasta el puerto de Ostia y desde allí transportados hasta la ciudad de Roma, capital del Imperio y capital del mundo.

Los vestidos egipcios se hacían con lino. La indumentaria de los hombres consistía en una especie de faldilla, en ocasiones plateada, y la de las mujeres, en una bata con anchas tiras en los hombros. Las familias ricas lucían vestimentas más sofisticadas. Egipto tiene un clima muy cálido, de modo que las ropas de abrigo se utilizaban por poco tiempo.

Todos los egipcios, sin distinción de edad o de sexo, eran portadores de numerosas joyas, anillos para la cabeza, pendientes, collares de muchas clases, sortijas, tobilleras, brazaletes... Los materiales empleados eran muy diversos: oro, plata, piedras semipreciosas, incluso conchas marinas y guijarros pulidos de vistosos colores.

 

Los egipcios creían en la existencia de numerosos dioses. Entre ellos cabe destacar a Bastet, diosa de la guerra; Neith, diosa de la guerra y de la caza; Thoth, diosa de la escritura y de los números o Hathor, diosa de las mujeres del cielo y de los árboles. Durante siglos, se tuvo a Amón como el más poderoso.

Al servicio de estas deidades se encontraban sacerdotes y sacerdotisas. Los dioses era poseedores de vastos territorios y de talleres, igual que los nobles.

Los templos o moradas de los dioses egipcios tienen idéntica estructura: se accede a ellos por una gran puerta; después de atravesar varios recintos muy amplios, se llega al santuario, donde la imagen del dios se encuentra sobre un altar.

A diario ofrecían a la deidad alimentos, ropas e inciensos. A las personas corrientes no se les permitía la entrada en el templo, pero los sacerdotes podían llevar sus mensajes a los dioses, solicitándoles ayuda y consejo. Durante la celebración de algunas festividades se colocaba la estatua divina sobre una pequeña embarcación dorada.